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sábado, 3 de diciembre de 2011

El amigo real



Trás un mucho de tiempo sin publicar nada, experimento ahora con un cuento que no lo es. Escribiendolo he aprendido que es muy complicado hacer cuentos para niños. Lo que ha salido no lo es, se ha quedado en un quiero y no puedo ante la adversidad, pero ahí lo dejo para quien pueda interesar.

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El amigo real

Agustín era un niño como tantos otros niños de su país. No destacaba especialmente en nada. No era muy listo, ni muy tonto. No era muy fuerte, ni muy flojo. No era muy alto, ni muy bajo. Era un niño normal. Le gustaba reír, jugar, comer golosinas y a veces también lloraba y se enfadaba.

Agustín vivía con sus padres en una hermosa casa. Todos los días acudía al colegio como sus compañeros de clase, otros niños de su misma edad. La vida de Agustín era común y normal, sana y feliz, como la de cualquier otro chaval. Bueno,… quizás, eso no sea del todo cierto, en ocasiones, Agustín, se sentía algo solo, pues no tenía hermanos, puede que por eso se hiciese amigo de Pablo.

Un día, cuando salían del colegio él y los demás muchachos, vio  en la puerta un niño que no conocía. A todos cuantos pasaban por la puerta les decía “Hola, me llamo Pablo. ¿Quieres ser mi amigo?”. Nadie le hacía caso, algunos como mucho se reían de él. Todos con seguían su camino. Todos pasaban del extraño niño. Todos menos Agustín.

Tras observar durante un rato sus  intentos sin fortuna, se acerco a Pablo.

-          ¿Por qué quieres un amigo?- le pregunto Agustín
-          Porque estoy solo y me aburro mucho - respondió Pablo con sinceridad.

Agustín se sintió identificado y ese fue el primer día que jugaron juntos.

Pablo tenía la misma edad que Agustín y físicamente se parecían, la verdad es que tenían mucho en común, pero había una cosa que les hacía totalmente diferentes: Pablo era un niño real y Agustín un niño imaginario.

Sí, Agustín era un niño imaginario, pero eso no quiere decir que no existiese. Existía, pero él, sus padres y sus compañeros de colegio vivían en el Mundo Imaginario. Allí es donde existen y viven todos los seres que nosotros o Pablo podemos imaginar. Es otro mundo, distinto, aunque no muy diferente del nuestro. Sus habitantes tienen sus vidas, como nosotros en nuestro mundo real, lo que ocurre es que ellos no pueden imaginar. Viven sus vidas y hacen lo que se supone que deben hacer.

Aunque parezca extraño el País Imaginario no está muy lejos de nuestro mundo real, en absoluto. Se halla pegadito. La forma de llegar es muy sencilla, tan sólo hay que crear puentes con la imaginación para entrar en él. Eso es lo que hizo Pablo aquel día y llegó allí para buscar un amigo.

Es día, al llegar a su casa, Agustí n contó a sus padres que había conocido a Pablo.

-          – Papá, mamá, tengo un amigo nuevo, es muy divertido y he jugado con él después del cole. Lo hemos pasado muy bien.
-          – Ah, ¿sí ?– dijo su mamá - ¿Y quién es? ¿Un chico nuevo en la escuela?
-          No, no. No es de la escuela, aunque lo encontré a la puerta, buscaba un amigo, pero ningún niño le hacía caso.
-          Agustín, ¿quién es ese chico? – preguntó el padre algo inquieto
-          Se llama Pablo y sabe muchas cosas, es muy listo y se inventa muchos juegos nuevos…
-          – ¿Inventa? ¿No será un niño real? Agustín, ¿es un niño real? ¿Qué hiciste con él? – le interrogó la madre con preocupación
-          Sí, mamá. Es un niño real, pero no es malo. Es divertido.
-          Pablo, ya sabes que aunque las personas reales vengan a nuestro país, la gente no les hace caso – le recordaba su padre
-          – Pero ¿por qué? Pablo no es malo.
-          Mira Agustín, los seres reales vienen visitándonos desde hace mucho tiempo. Vienen cuando les parece, crean cosas con su magia, nos encantan y luego desaparecen.
-          – Y ¿por qué? – pregunta sin comprender Agustín
-          Pues porque cuando se hacen mayores  se olvidan del camino y quedan atrapados en su mundo – le explicaba su madre con cariño
-          Pero, mamá, aquí también hay seres reales mayores…
-          – Sí, pero tampoco les hacemos caso. Son peligrosos. Su magia es la más poderosa. Su poder es infinito. Si les hiciésemos caso lo usarían constantemente  y podrían destruir nuestro país. Esas personas también han olvidado el camino, pero quedaron atrapados aquí. Se cuenta que en su mundo los tienen encerrados hasta que consiguen hacerlos volver… o mueren.
-         – ¿Por qué han de volver?
-          – … – la madre no supo que decir
-          – Agustín, eres un niño todavía, con el tiempo lo entenderás. Confía en nosotros  - intervino el padre
-          Mamá, ¿por qué? – insistió Agustín
-          – Está bien.  Mira, cariño, en su mundo no creen en el nuestro, no les gusta donde vivimos ni como somos. Nos ignoran, prefieren no saber de nosotros
-          – ¡Cómo nosotros a ellos!
-          – No, … no es lo mismo. Agustín, allí, en el mundo real, dicen que somos mentira, que no existimos. Nos desprecian por no ser reales – intento explicar la madre
-          – ¿Y por qué piensan eso?
-          – No lo sé. Quizás porque no nos conocen, porque nosotros no podemos visitarlos ni hacer magia.
-          – Ya,… ¿nos odian?
-          – No sé. Creo que no, puede que alguno sí
-          – Pero mamá, Pablo no nos odia. Él sólo quiere un amigo… como yo. No quiere estar sólo.
-          – Agustin…
-          –Mamá, por favor.
-          – Está bien Agustín, pero ten cuidado. No quiero que sufras, hijo mío, piensa que cualquier día Pablo puede desaparecer para siempre – concedió la madre tras consultar con la mirada al padre.

Los padres de Agustín le dejaron que  continuase jugando con Pablo. Y este lo así hizo muchos días. Sin quererlo ambos aprendieron muchas cosas juntos y se divertían a lo grande.

Unas semanas después, Pablo fue a casa de Agustín, allí conoció a sus padres. Ellos pudieron confirmar todo cuanto Agustín les contó. Estaban encantados con el nuevo amigo de su hijo. Sabían que desde que conoció a Pablo era un niño más feliz. Ellos también disfrutaban de la presencia de Pablo y sus sorprendentes ideas. Porque  aunque real no dejaba de ser un niño.

Un día Pablo le pidió a Agustín que fuese con él a su mundo, al mundo real. Quería que Agustín conociese su familia, su casa, su mundo.

-          – Me gustaría, pero nosotros no podemos ir allí – le explicó Agustín
-          – Oh, vaya, pero vamos a probar, lo mismo tú sí puedes y no lo sabes – insistió Pablo
-          – Vale, pero yo no sé ir. ¿Cómo lo hago?
-          – Pues haz como yo. Cierra los ojos y deséalo mucho

Así lo hizo. Agustín cerró los ojos y deseó conocer la casa de Agustín. Cuando los abrió estaba allí. Fue fácil, muy fácil. Le sorprendió y se alegró mucho. Ahora él también podría visitar a Pablo cuando quisiese.

Pablo quiso presentar a Agustín a sus padres, pero estos no podían verle, ni oírle. Observaban boquiabiertos como su hijo señalaba y hablaba con un espacio vacío donde no había nada ni nadie. No le creyeron. Le riñeron por  mentir y le castigaron unos días sin salir de casa.

Al principio, los dos niños pensaron que no querían a  Agustín por ser un niño imaginario. Pero Pablo no se rindió. Intentó presentar a su amigo a otra gente. Probó con sus amigos  e incluso con algún desconocido. No funciono. Se dieron cuenta de que nadie en el mundo real podía ver o escuchar a Agustín. No les importó mucho. Ellos se lo pasaban bien igualmente, y que no pudiesen ver a Agustín tenía su parte divertida.

Otra sorpresa fue que Agustín no podía usar los objetos del mundo de Pablo.  Pasaba a través de ellos.  Le ocurría lo mismo con las paredes y con las personas, con todas menos con su amigo Pablo.

Ahora Agustín podía visitar a Pablo cuando le apetecía, y así lo hacía. Se llevaba sus propios juguetes porque los dos niños podían jugar con ellos en el mundo real. A veces iba con su bicicleta y juntos daban largos paseos explorando los alrededores de la casa de Pablo.

Agustín dejó de ser un niño normal. En su país,  pasó a ser “el amigo del niño real”. Se hizo famoso y fue admirado por todos. Al comienzo se burlaban de él por su amistad con Pablo.  En la escuela cada vez fue sacando mejores notas. S había hecho más listo que sus compañeros. Tenía la mente más abierta y sabía más que ellos de casi todo, incluso más que su profesor en algunas cosas.

La noticia se extendió por el País imaginario. “¡¡¡Un niño imaginario puede visitar el mundo real!!!” se contaban unos a otros con incredulidad. Le pidieron que diese charlas contando sus aventuras. Primero en la escuela, luego en la plaza del pueblo y finalmente salió en la televisión. Se convirtió en un héroe y sus juegos con Pablo en hazañas.

Pablo siguió siendo el mismo niño anónimo de siempre en su mundo. Nadie le creía cuando hablaba de Agustín, aunque tampoco le importaba. Sabía que había hecho algo importante. Junto con su amigo había ayudado a que la relación entre los niños de los dos mundos cambiase. Los niños imaginarios, gracias a las charlas de Agustín, comenzaron a visitar a niños reales. El número de amigos e imaginarios y reales se multiplico en poco tiempo y no paraba de crecer. Cuando oía a los padres de otros niños hablar sobre lo preocupados que estaban por sus hijos que decían tener amigos imaginarios, Pablo se sonría para sus adentros.

Pasó el tiempo y los dos amigos se hicieron mayores. Se cumplió aquello sobre lo cual los padres de Agustín le advirtieron.  Los dos niños, ahora adultos, dejaron de verse, aunque no de ser amigos. Según fueron creciendo conocieron a nuevas gentes en sus propios mundos. Sus visitas fueron distanciándose en el tiempo. Se veían menos.  Ambos recordaban a  menudo su niñez con cariño y agrado. No hubo dolor, quizá si una poquita de tristeza y nostalgia. Siempre supieron que sucedería y lo aceptaron con naturalidad.

Los dos vivieron muchos años hasta que murieron el mismo día. Entre sus últimos pensamientos estaban aquellos días juntos de su infancia. Fue un final dulce.

Ya han pasado muchos años desde entonces.
En el mundo real nadie supo la historia de Pablo. En el País Imaginario, Agustín y Pablo son queridos y admirados. Los colegios de allí desde entonces se da una nueva  llamada “Mundo real” y en la plaza del pueblo de Agustín una gran estatua donde Agustín y Pablo niños caminaban felices cogidos de la maño, les recuerda.


8 comentarios:

Daniela Haydée dijo...

Menos mal que tengo memoria... Mi comentario del otro día ha desaparecido.
Y digo yo que siguiré pensando lo mismo que el martes, que fue cuando leí el cuento de navidad.

Todos tenemos mundos "irreales" o los hemos tenido alguna vez al menos, aunque no creo que se trate del mismo mundo para todos, porque nosotros, con nuetros sueños, deseos y fantasías nos hacemos creadores de los mismos, haciendo que sean distintos.

A veces estos mundos sirven para desconectar de la realidad y hace que nos sintamos cómodos en ese espacio decoro por nosotros.
También es cierto que estos mundos son más propios en personas con mucha imaginación, pero todos hemos estado alguna vez "al otro lado" de la realidad.

Bonito cuento, aunque al final los protagonista mueran... Les podías haber perdonado la vida, que es Navidad, bla, bla, bla.

Saludos desde tu pueblo nubloso.

Uno dijo...

Daniela Haydée
Pueden ser varios mundos puede ser uno sólo, puede que no haya ninguno. Puede hasta que nuesto mundo "real" sea sólo lo que alguien imagina es su cabeza.

El final no lo veo ten negativo. Todo el mundo muere, todos morimos. Qué mejor que una plácida muerte para acabar :-)

Saludos desde tu tierra

ruma dijo...

Hello, Uno.

  Lovely your works, full of JOY!

  Thank you World-wide LOVE.
  and, your Support.

  The prayer for all peace.
  I wish You all the best.

Happy holidays for you and yours.
Greetings.
From Japan, ruma ❀

Uno dijo...

ruma
Domo arigato

PiliMªPILAR dijo...

Supongamos que ni nuestra propia apariencia fuese real. Lo que es perfectamente verosímil.
Supongamos la superposición de irrealidades: ¿Qué o quién las delimita?
Somos realmente lo que los otros ven como irreal.
Leeré el cuento con más detenimiento.
Me estaba llegando al alma, sin embargo.

Uno dijo...

PiliMªPILAR
La irrealidad es incomensurable, tanto que la realidad, en contraste, se puede considerar despreciable.

Ssludos

Anónimo dijo...

Como digo siempre a quienes creen en los espíritus: No hay que tenerles miedo, al contrario, si existen hay que intrecambiar embajadores para mejorar las relaciones.

En todo está la política.

Con ironia. XD

Joan Valbuena Cadafalch

Uno dijo...

Anónimo (conocido) :-)
Grata sorpresa leerte por aquí, disculpa el polvo pues lo tengo un pcoo abandonado.

La política es útil, pero es un arte tan dificil de dominar que muy pocos tienen la capacidad de realizarla mínimamente bien :-)

Saludos